El regalo que pidió Sevilla

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Esta bendita ciudad de las dos caras, amanecía el día de Reyes con esa incertidumbre propia de la ilusión, que venía este año agigantada, por un capricho de las calendas.

Sevilla es la ciudad del Betis, eso es absolutamente innegable desde el punto de vista de la morfología de la ciudad, de su propia historia y de su personalidad.

Para el que huya de los tópicos, huelga decir, que ni todos los sevillanos son feriantes, ni todos son cofrades, ni todos afortunadamente reflejan ese mantra del tópico que fuera de aquí se utiliza recurrentemente para describirnos, de hecho, en muchas facetas, y en muchos de sus lugares, Sevilla, es una ciudad más, como todas, y muchas de las cosas que en ella acontecen podrían ocurrir perfectamente en cualquier lugar del planeta, sin embargo, hay otras que no.

Sevilla es la ciudad del Betis, eso es absolutamente innegable desde el punto de vista de la morfología de la ciudad, de su propia historia y de su personalidad.

Quizás el hecho de haber sido capital del orbe, centro neurálgico del comercio con las indias, la dotó de esa vocación universal y abierta al resto que impregna una personalidad con sombras y luces, pero palmariamente reconocible, y además, lo tópico, por qué no decirlo, suele guardar algún poso de verdad.

Así, nos guste más o menos, y seamos más partícipes o menos, lo cierto es que a Sevilla, le gusta mostrarse al mundo, tiene un punto de autocomplacencia, que a veces roza la vanidad, sustentado en el convencimiento de su propia e incuestionable belleza, y de esa impronta de quien acostumbra a vivir entre la fatalidad del destino y el misterio de su gesta, esta ciudad, mira al resto sabiéndose superior, vanidosa, pero nunca soberbia, pues es plenamente consciente de que la traicionera certeza en la que vive, que la exime de tener que demostrar nada a nadie, va indisolublemente unida a  la insaciable necesidad de dar a conocer, casi proclamar a los cuatro vientos, que en su entraña guarda un regalo que Dios quiso hacer al mundo.

Así es Sevilla, una ciudad que funde la elegancia con el “age”, y la solemnidad con la gracia,  que forjó su personalidad en su propia leyenda, por eso espera, siempre espera, a veces tanto, que construyó una torre coronada por la misma Fe, para que nunca olvidáramos que al final, pase lo que pase, y cuanto pase, la peor de las tormentas que acontezca, en Sevilla, siempre acabará rindiendo pleitesía al milagro del amanecer, que en esta ciudad, abre la puerta de una suave brisa corolario de una memoria con sabor a azahar que pinta de verdiblanco las hojas de sus naranjos, y cuando eso ocurre,  Sevilla, reza a una sola Esperanza que viste también de verde, y que vive en sus dos orillas, y después, desde un rincón en el que el capote de un torero llamado Curro, dejó dormido al tiempo,  Sevilla, se viste de gala y pone a sus calles un tapiz de albero, soñando con robarle un beso a la primavera en el Real de la feria.

Así es Sevilla, esas son las señas de identidad que la hacen inigualable y única, singular y extraordinaria, pero además, alberga en su seno, el amor más grande del mundo, el más desinteresado, obstinado, incondicional e íntegro, y por eso, lejos de caer en lo mundano, en su carta a los magos de oriente, no pidió fútbol, ni honor, ni gloria, primero, porque eso ya lo tenía, segundo, porque en fútbol, honor y gloria son conceptos viables y recurrentes en cualquier lugar del mundo, y Sevilla será lo que sea, pero común nunca, Sevilla, pidió otra cosa, que solo es posible en Sevilla, en la ciudad que nos identifica porque nos diferencia, en la del mito de Don Juan, la que pintaron Velázquez y Murillo, esa Sevilla que a través del río nos llevó al nuevo mundo, en el día de la ilusión, Sevilla le pidió a los Reyes Magos,  Fe de la que corona su torre, Pureza de la que brota en su alma y cinco esmeraldas verdes para adornar su Esperanza. 

Sevilla, pidió Betis, porque lo demás, es posible en cualquier sitio.

Foto portada: Sphera Sport

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