Mi vecina del Villamarín

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Viene desde la tierra más verde que pudiese adivinar Julio Cardeñosa. Umbrete es olivar y viña, rio verde de una molienda que desemboca en Quema cuando sueña en verdiblanco. Viene con su padre, que aparca el tractor, el sudor, y el tajo cuando el verde del verdeo descansa el macaco y se retira al final de la Palmera.
Viene amontillando gracia, embotellando una dulzura que espolvorea al ritmo al que mueve su bufanda rosa y verde. No falla nunca, aunque los de la pelotita nos fallen. No desfallece nunca, ni esos días que, navegando en su desdicha, hundida, llega a su pueblo casi dos horas después de que el árbitro decrete el final del litigio.
Cuando llega al estadio sonríe a todos sus vecinos de localidad con una sonrisa tan amplia como la grandeza del Betis. En una boca tallada con el molde criollo de las indias. Boca dulce del cacao y recia de la patata allende los mares y una boca que sabe a raíz y tierra donde se siembra el césped del Villamarín.
Sus pupilas se dilatan queriendo acaparar toda la luz verde y blanca cuando Joaquín gambetea al ritmo de una sevillana que habla de amores. Porque su amor es para el Betis. Ojos que se llenan de rayos de Luis del Sol cuando un canterano perfora la portería rival y perfora su corazón. Grita, canta, sueña y llora con unas lágrimas saladas con la sal que endulzan las aceitunas de Umbrete.
Ella es pura, es la belleza de un domingo de fútbol con previo y postpartido. Hermosura de una historia en la que el Betis siempre gana. Perfecta, como bética que es.
Y mi “vecina” es guapa a rabiar.

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