Las lágrimas de Madrid

1844
Sanabria gol
Sanabria

Me asomo por primera vez a esta ventana, para hablaros de la noche de Madrid, del repeluco de una jugada histórica, que de alguna forma empezó a devolver las cosas a su sitito.

Vaya por delante, que en ningún caso pretendo sentar cátedra de Beticismo, sería absolutamente imposible que yo, con mis pobres recursos, pudiera establecer cánones de un sentimiento con vocación universal, que abarca tantísimos matices y a tantísimos niveles, por tanto, me refiero con estas letras a mi concepción del Beticismo y si acaso, me atrevo a meter en este saco a aquellos béticos que he tenido más cerca en estos últimos años.

Cuando me preguntan por las lágrimas de Madrid, por esa euforia desmedida que nos invadió a todos, y por el hecho objetivo de lo exagerado que, a ojos de terceros, resulta vivir así lo que a la postre no es más que una victoria en una larguísima liga de 38 partidos, yo, lo tengo muy claro.

Las lágrimas, no las produce la victoria, ni el lugar, ni el rival, ni siquiera el modo y el momento de producirse, y tampoco la emoción de una jugada pocas veces vista, eso, queda para los demás, pensar que las lágrimas provienen de ahí, sería banalizar las cosas del Betis, que como ya es sabido, no son cuestión de ganar o perder, son cuestión, como diría Shakespeare, de ser (Betis) o no ser (Betis), por eso las lágrimas, porque durante demasiado tiempo no hemos sido.

Sabemos por nuestra propia historia, que el Betis, encarna la vida misma de los béticos, que en la plenitud de todas sus expresiones, parece sumida en un volcán de pasiones que en sus extremos abanderan la ilusión y la fatalidad. Es decir, ganar y perder son circunstancias consustanciales a la propia vida, al propio Betis que las acepta como parte de aquella y de sí mismo, por eso, el bético, es inmune a la derrota, sin embargo, no puede soportar la ausencia.

“Ganar y perder son circunstancias consustanciales a la propia vida, al propio Betis que las acepta como parte de aquella y de sí mismo, por eso, el bético, es inmune a la derrota, sin embargo, no puede soportar la ausencia”.

 

Y por eso las lágrimas de Madrid, porque en cada uno de los veintidós pases de esa maravillosa jugada, se me fue cayendo una espina clavada, en sabe Dios que extraño lugar al que fui a buscarlo y no estaba, en el frío de Alcorcón, en la desapacible tarde de Albacete, en la ignominia de Ponferrada, en la tristeza forjada en kilómetros de búsqueda infructuosa en cualquier rincón del universo.

Tardes y tardes de desencuentros, en los que los adalides del resultado nos han estado tendiendo la trampa de que no somos más que uno más, y eso no es cierto, nunca lo fue, y nunca lo será; años en los que la pena rotunda de su ausencia, ha querido ser aprovechada por esa jauría de intereses espurios que ahora cae en la cuenta de que ha estado persiguiendo la pieza equivocada.

Las lágrimas no son por tres puntos, las lágrimas brotan porque en el centro mismo de la parafernalia futbolera de los resultados, allí donde la filosofía de los pretendidos hidalgos es santo y seña, allí donde la gloria nunca es ser sino ganar, allí mismo, apareció el Betis, como siempre, donde y cuando menos se esperaba, miró de frente a toda la soberbia del mundo, a esa que corroída por nuestras cosas trata de reducirnos siempre a sus números de nuevo cuño, y ante el mundo entero, le habló en su propio idioma, la templó con veintidós pases y la remató con un cabezazo que hizo saltar por los aires la arrogante ignorancia de todos los que curiosamente se dedican a opinar de esto, sin conocer ni uno solo de nuestros parámetros.

Las lágrimas no las provoca un partido de liga, las lágrimas brotan porque el bético, ese que lejos de perder una década se ha llevado diez años cimentando en su propio dolor el muro con el que proteger su leyenda, pudo comprobar con sus propios ojos, como todo aquello que ha sostenido su vida en estos últimos años, aquello en lo que creyó sin ver, y aquello que proclamó a los cuatro vientos sin prueba alguna, seguía siendo verdad.

“Las lágrimas brotan porque el bético pudo comprobar como todo aquello en lo que creyó sin ver, y aquello que proclamó a los cuatro vientos sin prueba alguna, seguía siendo verdad”

 

¿Y ahora qué? Pues ahora, abierto por fin el dique de los sentimientos que tantas veces sujetamos con nuestros puños apretados, haciendo uso de la frase de Martínez de León, “alanceado mil veces y nunca muerto”, las lágrimas de Madrid, sanaron tan solo una de esas mil heridas, pero el cabezazo de Sanabria nos hizo beber de su bendita esperanza, y si en su dolorosa ausencia mantuvimos la fe, ahora que ha vuelto, vayamos todos juntos a curar las novecientas noventa y nueve llagas que faltan.  

(P.D: Pues verás hoy)

Diego Granado Japón

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here